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Detectives privados: al otro lado de la pantalla


Lupa de detective


Todos hemos soñado alguna vez con ponernos en la piel de un detective privado. Las películas de cine negro, series de televisión, novelas e incluso algunos videojuegos recientes son los principales responsables, pues con el paso de los años han ido transformado a estos personajes en iconos de la cultura popular. Es imposible no recordar a Humphrey Bogart en El halcón maltés, Jack Nicholson en Chinatown o Harrison Ford cazando replicantes en Blade Runner, todos ellos detectives y policías retirados envueltos en un halo de misterio, intriga y carisma.

¿Pero cuánto de lo que nos han inculcado el cine y la televisión es cierto? No mucho. A decir verdad, muy pocos elementos de las películas traspasan la pantalla y se integran en el día a día de un investigador de carne y hueso. Las mujeres fatales, el ambiente de los bajos fondos y el giro final de guión dejan paso a la monotonía, las tazas de café y la paciencia. Mucha paciencia. La mayor parte del trabajo de un detective privado se resume en investigar a maridos o esposas con antecedentes de infidelidad y a trabajadores en situación de baja laboral.

Puede que esto eche por tierra la visión romántica de esta particular forma de ganarse la vida, pero no seamos aguafiestas. No cabe duda de que el papeleo y la rutina son la norma que marca el ritmo al que se mueve el mundo de la investigación privada pero no siempre resulta tan monótono como cabría de esperar. En las siguientes líneas descubriremos cómo a veces la realidad supera a la ficción de la forma más extraña y variopinta posible.

 

Humphrey Bogar y Loren Bacall

 

Joaquín Solas Martínez, detective privado de Madrid con más de diez años de experiencia y uno de los protagonistas de esta breve crónica, ha vivido multitud de situaciones delirantes, llegando incluso a temer por su integridad física en más de una ocasión. Hace cosa de seis meses contactó con él la directora de una agencia de publicidad para investigar a una de sus trabajadoras, una mujer de treinta y pocos que supuestamente tenía depresión. El típico caso de baja laboral que termina desvelando un chantaje por parte de la investigada a su jefe de sección.

De acuerdo con los datos cosechados por el detective, la mujer había amenazado a su superior con informar a la esposa de éste de su desliz romántico durante la cena de Navidad de la empresa. El caso terminó con el despido de la trabajadora, la mujer del jefe de sección solicitando una demanda por infidelidad, y con Solas acudiendo a un taller de confianza para reparar las lunas de su coche.

Otro caso muy particular se lo debemos al investigador ya retirado Federico Mocha de la Cruz. Rememorando sus vivencias como detective privado en Barcelona, destaca el seguimiento que tuvo que hacer durante semanas bajo las órdenes de una desconfiada ama de casa. Obsesionada con descubrir in fraganti a su marido, Mocha tuvo que hacerse pasar por una chica con la que el infiel esposo se había estado viendo meses antes, manteniendo correspondencia con él hasta que consiguió concertar una cita en un apartado motel a las afueras de la ciudad condal.

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En este punto de la historia todo el mundo se imagina lo que viene a continuación, pero existe una razón por la cual el detective jamás pudo olvidar lo que pasó aquella noche. Cuando Mocha se presentó frente a la habitación número 43 para reunirse con su clienta y preparar la trampa al infiel marido, la puerta se abrió y la susodicha sonreía abrazada a un joven atlético, musculoso y con acento escandinavo. 

 

Detective y clienta

 

Lo que le sigue es una media hora de Mocha, la mujer y el guaperas dentro de la habitación comiendo pipas mientras aguardaban a la llegada de su confiada víctima. Cuando el esposo llamó a la puerta, su mujer corrió a abrirle mientras que el detective se limitó a fotografiar la cara de estupor e impotencia del marido al observar a su cónyuge besándose apasionadamente con un rubio de metro noventa sobre una cama bañada en pétalos de rosa.

Podríamos pasarnos el día entero recordando las desventuras de estos profesionales de la investigación, las infidelidades de las que fueron testigo y las estafas laborales que destaparon. Pero no vivimos dentro de una película de los hermanos Coen. Tampoco somos personajes salidos de la mano de Vázquez Montalbán. Para bien y para mal, estamos en la tranquila y aburrida realidad.

Lo que es cierto es que tanto Solas como Mocha coincidieron en una cosa muy concreta. Sí, son historias interesantes, únicas a su manera, dignas de una adaptación cinematográfica, pero no por méritos propios. Es la rutina, el día a día, los casos que no han llevado a nada, y las horas aparcados frente a una ventana lo que han convertido a estos relatos en lo que son: golpes de suerte dentro de la monótona vida del detective privado. “No todo es como en las películas” fue lo primero que ambos confesaron nada más empezar a hablar.

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